lunes, marzo 26, 2007

El invierno y las maneras de coser

(Tribuna Universitaria, monday monday...)
Fue mi abuela la que me enseñó a coser. Entonces no habían llegado ni siquiera los noventa y yo levantaba los palmos justos del suelo como para llegar al cajón de los dedales. La verdad es que, mejor que coser, prefería jugar a las cartas con ella. Al tute, al chinchón, ese sí que fue su gran legado, porque siempre me dejaba ganar y luego encima me daba uno de aquellos caramelos de la parte de arriba del armario, para los que aún me faltaban quince o veinte centímetros. Claro que en aquellos días no medía la vida en centímetros, así que pensaba simplemente que a la silla a la que me subía le habían hecho las patas demasiado pequeñas. Pero entre partida y partida, entre tríos de sugus y juanolas de bastos, se empeñaba en lo de coser y me enseñaba palabras extranjeras para un niño, como pespunte y punto atrás, macramé y vainicas.
Y me contaba que a veces las costuras, decía, como todo en la vida, terminan por ceder y necesitan un remiendo. Aunque en un principio las repasaras a punto doble, dejando los besos amarrados fuerte con saliva a vuelta y media, dejando el corazón en medio para que hiciera mullique. Que podía pasar también que hubiera un roto, que se hubiera lavado la prenda con descuido, lágrimas a noventa grados, un poco de lejía en las heridas y zas, y claro, que luego hubiera que poner un parche a plancha caliente, sin abusar, y luego un remate delicado, con un engarce entero de palabras de colores vivos.
Tienes que sentir la aguja y el hilo como si fueran partes de tu cuerpo, no como instrumentos cualesquiera, decía mirando por encima de las gafas. Y tienes que dejar correr todo el carrete que tengas, sin escatimar ni una sola hebra. Sólo así conseguirás que las faldas y las tartas y los abrazos tengan vuelo transatlántico y aguanten cualquier cosa que les eches en cara. Sólo así conseguirás acabar teniendo para toda la vida un invierno caliente y una carta en el buzón, a mano, no como las del banco.
Y siempre terminaba diciendo lo mismo, y aún me acuerdo y sonrío: si sabes enhebrar una aguja dominarás el mundo.


Escrito por el_hombre_que a las 23:03 6 inquietos

jueves, marzo 22, 2007

La ciudad del viento

(Tribuna Universitaria, un día de estos)
Tardo en escribir esta historia el tiempo que tarda en terminar una canción. Que es La ciudad del viento, de Quique González, pero podría ser tantas otras canciones. Pero podría ser cualquier otra cosa, incluso. La lista de la compra, las veces que he querido robar la ropa interior de mi vecina, los últimos versículos de la Biblia. En realidad cualquier cosa puede ser otra cosa: como la cajera del DIA podría ser la princesa de Luxemburgo, o las palomas que se estrellan contra mi ventana esta tarde podrían ser asesinos vuelos comerciales. Y entonces yo moriría, si lo fueran, y esta historia quedaría en el estribillo, algo así como desde que te conocí / no me ha vuelto a pasar nada; / nada que tenga nada que ver/ con nada que no sea nada. Que todo el mundo se tomaría como un estribillo de amor aunque hablase de mi padre, que apareció en mi vida a los veinte, de la cuenta del banco o de los portaaviones americanos atacados por kamikazes de ojos rasgados. Aunque sería cierto, sí, esta vez el universo acertaría porque en realidad es un estribillo de amor, o lo fue hace tiempo cuando te conocí (cuando te conocí ya no salías con aquel chico que te había abandonado...), así que sería capaz de pasar de esta historia de amor a una canción de amor y de esa a todas las canciones de amor, que por otra parte son casi todas. Pero teniendo en cuenta que los aviones tienen objetivos estratégicos más importantes que mi ventana (no es el caso de las palomas, al parecer), supongo que no voy a quedar calcinado en un telediario y la historia discurrirá sin ninguna importancia mediática mientras algún árbol cae mientras algún autobús descarrila mientras el mundo se pone de acuerdo para estar un poco más enfermo en una cumbre internacional. Mientras pienso que las palabras tienen la misma resistencia al viento que las cenizas de los muertos y escribo que he vuelto a las afueras de la ciudad que me vio morir. Y dos palabras, ciudad y viento, me recuerdan que han pasado ya cuatro minutos y medio, la historia se termina. En todos los lugares te encuentro. En todos los lugares me siento un habitante más...


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lunes, marzo 12, 2007

A las alturas de este invierno

(Tribuna Universitaria, 12mar07)
A las alturas de este invierno hemos llegado con la pólvora mellada. Después de tanto sudor y de tantas bibliotecas, de tantos exámenes y de tantos paralelepípedos, he dejado de convertirme en superhéroe para pasar a ocupar una plaza en la plantilla de Telefónica. Sigo utilizando las cabinas, pero faltan los escalofríos cada vez que entro, y todo el mundo sabe que los escalofríos son más necesarios que las mallas para salvar el universo.
A las alturas de este invierno hemos llegado con la ropa mojada, y no porque esté recién salida de la lavadora, sino porque no para de llover ni siquiera en los bolsillos. Ni siquiera entre las sábanas, que guardan los mismos tesoros que los bolsillos, pero con menos ropa. A estas alturas, ahora que todos los frenos han desaparecido, ahora que simplemente nos queda ir bajando hacia la primavera con cuidado, que las noches no están como para andar lanzándose en paracaídas sin seguro contra los incendios, ahora que para secar la entrada de lágrimas ya tengo los extintores obligatorios, el cinturón de seguridad obligatorio, el tabaco de contrabando y el contrabajo de mi vecino. En este momento que no es el principio de nada sólo queda una centésima a la que agarrarse. Porque tú y yo y todos los demás nosotros, todos, estamos compuestos de principios en un noventa y nueve por ciento. Los principios forman las películas y las sonrisas y las actuaciones de circo y las canciones. El resto es historia y como todas las historias es escrita por alguien un lunes que comienza la semana. Y como todas las historias tiene un punto final, que está completamente empapado, así que volvemos a lo mucho que está lloviendo, etcétera, pero sabiendo que por mucho que corras te vas a mojar lo mismo.
Porque esta mañana me duele el corazón hasta la planta del pie. Como si fuera a cambiarte el tiempo interior y se avecinaran más borrascas en las partes más interiores de tu geografía. Habrá que cerrar las ventanas. Y aún así no creo que pueda evitar que la lluvia termine resbalándome por la mejilla.


Escrito por el_hombre_que a las 00:27 1 inquietos

lunes, marzo 05, 2007

Las afueras

(Tribuna Universitaria, 05mar07)
(sobre el libro homónimo de Pablo García Casado)
Las afueras despiertan como lo hacen las sirenas de las ambulancias. Más allá de la planta doce, los edificios bostezan bajo las sábanas, aún de noche, y prolongan la boca hasta los dedos de los pies. El efecto gravitatorio de las seis de la mañana hace a la cabeza orbitar sobre la almohada, pero los restos de los sueños terminan con sus pasos en la cocina, y las afueras se convierten así en radio y ducha de agua (escalo)fría.
Las afueras de diario, afuera, encienden los días con jirones de niebla, y descubren por entregas los restos de un puzzle a medio terminar. En la parte en la que las piezas encajan se desarrolla una imagen incompleta, que no es borrosa ni está desenfocada, al contrario, se milimetra contra el asfalto y está sembrada de aristas y adjetivos ingenieros. Allí, en la parte en la que resuena el latido del mecanógrafo y las poleas levantan el futuro. Donde las piezas se desencajan aparece el silencio. El silencio de las afueras resulta más denso y a la vez más frágil que el silencio del resto de lugares. Como si se tratase de una aleación inacabada de perfección y miseria, de esterilidad y tétanos. Como un boxeador sonado que nunca termina de caer, el silencio de las afueras puede volver loco a cualquiera, porque las poleas levantan el futuro aquí (desaparezca aquí), y pensar en el silencio como futuro contraindica la cordura, según los dirigentes occidentales.
A mediodía las afueras comiendo fuera de las afueras, y con ellas nosotros, que trabajamos en el centro, que es otro sitio. Porque las afueras son las mismas al norte que al sur, al este que al oeste, y nunca son el centro de ninguno de los puntos cardinales, una característica que comparten todas las regiones que están a la espalda de los estrenos: nunca ser las primeras en ver nada excepto las puñaladas traperas.
Las afueras por la tarde, procesión de sudor seco y día siguiente. Sólo a veces es domingo y las afueras los domingos se vuelven un poco menos periféricas. Entonces los polígonos industriales recuerdan los domingos de campo que eran y las sillas de picnic y la moda recién traída de Francia. Luego los domingos por la tarde, las afueras, vacías de palabras, se van a dormir como lo hacen las sirenas de las ambulancias: la vida entera preguntándose cuánto falta para llegar. Y si no será demasiado tarde.


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jueves, marzo 01, 2007

Sólo hace falta...

(Tribuna Universitaria, 26feb07)
Sólo hace falta una buena frase para comenzar una historia. Luego las palabras se suceden hasta ganar el Planeta (aunque hay otros métodos de ganar el Planeta, you know). Como sólo hace falta una pregunta inteligente para empezar una conversación, que siempre es el primer paso antes de tener un hijo. Irónico, pero si lo piensas, cierto. Pero como yo no quería hacerte un niñito, aunque quisiera algo parecido, como no tenía especial interés por los premios literarios y no encontré a tiempo la frase, merecí la bofetada que me hizo olvidar cualquier cosa que hubiera intentado decirte. Maldije mi falta de preparación estratégica y me recompuse como pude, sobre todo con un obligado paso por el servicio. La inflamación del pómulo no revestía gravedad, lo que me dio ánimos: si no sangraba es que en el fondo no querrías herirme, y de ahí al cariño todo es cuesta abajo. Porque ha habido comienzos más absurdos en las relaciones, no es peor una bofetada discotequera que encontrarse mientras sacar al perro o la basura (habrá que pensar en esta analogía perro-basura). Decidido de nuevo, empecé arropando las palabras con la estrategia líquida, ofreciéndote una copa, una cerveza, un vaso de mirinda, pero contraatacaste con la indiferencia y me dolió de verdad, en serio, terminé muy dolido, previo paso por el servicio, en la barra contraria. Las heridas de mi corazón seguían frente al espejo sin revestir una gravedad extrema, se nota que me habías ignorado con dulzura, que en el fondo tenías curiosidad por mi barriguita y mis tonterías. Tus amigas no se comportaron tan bien en el siguiente garito, no dejaron llegar la frase ni a su ecuador, y aún me estoy quitando uñas del pecho, supongo que puestas para comprobar mi resistencia. Luego vino el portero que me echó y después la lluvia mientras esperaba a la puerta, aquello parecían las doce pruebas de Astérix, conmigo salvando una detrás de otra, ¿sabes?, corriendo detrás de la maldita frase...
En el último bar eran ya las siete de la mañana y casi contaba por decenas tus desplantes. Me estaba despertando la resaca y abandonando las fuerzas, así que me acerqué con lo que me quedaba de amor propio y te dije: nena, sólo hace falta una buena frase para empezar una historia...


Escrito por el_hombre_que a las 16:57 8 inquietos